Monasterio de Benedictinas

Alba de Tormes

Nuestros valores de cada día

an Benito concibe un Monasterio Benedictino como una escuela. Como un lugar donde aprender lo más esencial y verdadero para una persona: buscar a Dios. Esta es nuestra dedicación primordial. Todo en el Monasterio converge hacia esta meta. Podríamos decir, hacia la oración. A la que se añaden el trabajo y la acogida.
En efecto,el monasterio ha de ser en primer lugar escuela de oración. Ha de ser, en efecto, un espacio privilegiado para la oración cristiana, que como sabemos muy bien Dios escucha “no por nuestra abundancia de palabras, sino por nuestra pureza de corazón y por las lágrimas de nuestra compunción”. Una escuela, pues de sinceridad para con Dios, expresada en una plegaria realmente auténtica, es decir, “breve y pura, a no ser que se alargue por una especial efusión que nos inspire la gracia divina” (RB 20,34).
Una escuela donde se practique el trabajo, viviendo a fondo la vocación profundamente humana de ganarse honradamente el sustento como hizo el Señor en Nazaret, y los monjes de todas las épocas imitaron. Un trabajo, sí, hecho con seriedad y serenidad, porque “la ociosidad es enemiga del alma; por eso han de ocuparse los hermanos a unas horas en el trabajo manual, y a otras, en la lectura divina” (RB 48,1).
Una escuela, en tercer lugar de caridad acogedora, para compartir con quienes se acercan a nosotros un clima de paz, de oración… “a todos los huéspedes que se presenten en el monasterio ha de acogérseles como a Cristo, porque Él lo dirá un día: “era peregrino y me hospedasteis”. A todos se les atribuirá el mismo honor, “sobre todo a los hermanos en la fe”, a los pobres y a los extranjeros, porque en ellos se recibe a Cristo de una manera particular” (RB 53,1-2,15). La comunidad que así ora, trabaja y acoge es la familia monástica, integrada por cada uno de sus miembros.

ermanas de todos los hombres

El monje, decía un antiguo escritor monástico, está separado de todos para estar unido a todos. En este entendimiento, en esta unión, cabe hacer la pregunta: ¿tiene sentido hablar hoy del monacato?, ¿qué puede aportar a los demás nuestra existencia de cenobitas?
A veces en defensa de la vida monástica se esgrime un excesivo número de argumentos, tal vez queriendo justificarla demasiado. Cuando bastará con darla a conocer en su autenticidad, en su verdadera idiosincrasia, en su hondura, más allá de las añadiduras históricas y coyunturales, que tantas veces velan y desfiguran su auténtica imagen.
El empeño del monje por buscar a Dios es un clarísimo indicador de la trascendencia del hombre, de la meta divina que todo corazón humano tiene, y a la vez, un signo de que ese ser finito que la desea no es una pasión inútil. Porque en verdad quien realiza dicha búsqueda se reencuentra a si mismo y se capacita para el encuentro con los demás.